BIOGRAFÍA-SANDINISMO

Nora Astorga Gadea

 

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En estos años de revolución, Nora Astorga es la primera sandinista de tan alto rango que muere a muerte natural. Sucede en Managua, Nicaragua, el 14 de febrero de 1988 producto de cáncer de mamas. Tenía 39 años. Se recuerda como una “heroína de la patria y la revolución”. Tenemos que llenar el vació que nos deja con la fuerza de su ejemplo", dijo el Presidente Daniel Ortega momentos antes de enterrarla. Hija, hermana y compañera, llamó a la Norita el Canciller de Nicaragua, Padre Miguel D'Escoto. Nicaragua entera la despidió con honores de "Heroína de la Patria y la Revolución'.

 

En julio de 1987, Nora Astorga recibió del gobierno revolucionario la máxima condecoración que éste concede: La orden Carlos Fonseca. Para entonces ella y muchos de ellas, sabíamos de la enfermedad mortal que convertía su vida en una carrera contra el calendario.

 

Decididos entonces entrevistarla, aprovechando unas semanas que pasó en Nicaragua y que podían ser las últimas que iba a vivir con relativa salud en su tierra. Le pedimos la entrevista y no tuvimos que darle muchas explicaciones de lo que haríamos después con ella. Bastaron unas preguntas iniciales, generadoras para que los recuerdos fluyeran y se organizaran. 

 

¿Cómo ha sido la vida de una sandinista que recibe tan importante galardón? ¿Cuáles han sido los hitos de tu trayectoria hasta llegar a este momento? 

 

Nora Astorga fue reconstruyendo su biografía, sin mucha prisa, con una clara intención de ser sincera, con gusto, riendo en muchas ocasiones y llorando únicamente al recordar a Gaspar García Laviana.

 

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"En la guerrilla fui una alumna"

 

"En el frente guerrillero me tocó ser responsable política de escuadra. Y estuve que aprender a combatir. Realmente, me aterrorizaba el uso del arma. Y cuando llegué le dije al compañero: "Mirá, voy a hacer de todo, pero a mí no me pidás que agarre un rifle porque no puedo, pues". Me acuerdo cuando tuve por primera vez una pistola en las manos ¿Y qué hago yo con esto? 

 

Mi primer disparo... Lo mismo. Te vas acostumbrando. Y después del primer combate empezás a tener una relación muy especial con tu arma porque sabes que de eso depende tu vida, la vida de los compañeros. Y en aquel tiempo, de eso dependía también la vida de Nicaragua. Así se te van quitando los temores. Tanto, que a mí me llegó a gustar la vida militar y después del triunfo con gusto me hubiera quedado en el ejército.

 

Teníamos entrenamiento militar por la mañana y en la tarde trabajo político en círculos de estudio. Básicamente hablábamos de la realidad, de las condiciones del país, de la plataforma de lucha sandinista. Teníamos mucha información de lo que estaba pasando en otras partes de Nicaragua y estábamos informándonos y formándonos al mismo tiempo. Hablábamos mucho de los objetivos de nuestra lucha: la educación, la mujer, la salud, la Costa Atlántica, los derechos fundamentales... Todo lo que queríamos para el futuro.

 

Más que maestra yo fui allí una alumna y quienes más me enseñaron fueron los campesinos. Lo que yo sabía en teoría en ellos era vigencia. Resultaba una experiencia extraordinaria ver cómo se llegaban a fusionar las experiencias de cada uno y desaparecían las diferencias. Compartir con alguien el no comer, la lluvia, el peligro, la posibilidad de la muerte, te va dando un sentido de grupo muy fuerte, un sentido de solidaridad humana que yo no he vuelto ha sentir en ninguna otra época de mi vida.

 

 

En ese tiempo me tocó compartir la covacha con Gaspar García Laviana. Yo lo conocía hasta entonces, cuando ya era cura-militar, cura-guerrillero. Para mí fue un compañero, un amigo; tuve con él una relación inolvidable. Yo estaba entonces embarazada de mi tercer hijo. 

 

Hacía todo, como todos, pero me cuidaban. Sin paternalismos, pero me cuidaban. Me buscaban guayabas, por ejemplo, y si aparecía una fruta siempre me la daban a mí. Gaspar me cuidaba mucho también, por el niño que iba a nacer. Recuerdo que una vez me dijo: "Puede que yo no llegue al triunfo. Pero si vos llegás a llorar cuando yo me muera, me voy a poner molestísimo. Lo más que te permito es que me llevés alguna que otra vez unas florcitas, pero que sean del campo. Y nada de andar llorando, que yo voy a estar siempre metido en esto".

 

Tanto me impresionó la muerte de Gaspar que no pude llorar. Cuando me lo dijeron me quedé impasible y todo el mundo que sabía el gran cariño que yo le tenía me preguntaban por qué no lloraba. Cuando después del triunfo vinieron sus papás aquí a Nicaragua yo no fui a verlos. No tenía fuerza. Realmente, yo no pude digerir la muerte de "Martín".

 

Fue hasta dos años después que fui con mi hijo a Tola, en donde él fue párroco. Llegué, me senté en la iglesia y me empecé a imaginar a Gaspar allí, en su iglesia, de sacerdote... Es una iglesia tan bonita, toda encaladita. Después salí a ver su tumba, que está allí mismo. 

 

Y lloré. Lloré no sé cuántas horas. Mi hijo me decía: "¿Por qué lloras, mamá?" Le dije que estaban llorando a un amigo que había muerto hacía dos años y que hasta entonces no había podido hacerlo. Y es que cuando tenés un sentimiento muy fuerte no encontrás la forma de expresión. El dolor lo llevás ahí y te sale sólo cuando ya sos capaz de enfrentar el dolor. Yo sé que a Gaspar no le hubiera gustado que yo llorara, pero... ¡También fue muy injusto de parte de él el darme esa orden!

 

En el Frente Sur participé en varios combates. Primero estuve en una escuadra médica, después fui fusilero de la escuadra de morteros y después una simple combatiente. Me tocó ver morir a compañeros, cómo no. La cercanía de la muerte enseña mucho.

 

Yo no es que tenga una gran experiencia militar y ahora nuestra guerra es muy distinta a la que yo viví entonces, pero con un poquito de entrenamiento, claro que estoy dispuesta a volver a combatir. Si vienen los gringos, yo volvería a combatir. Contra ellos".

 

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Yo he sido una privilegiada. Nací donde nací, en este país único. Encontré a la gente que me ayudó a crecer. Tuve la oportunidad de participar en la lucha contra la dictadura y ahora en la reconstrucción y en la creación de una nueva sociedad.

 

 ¿Qué más? Creo que no existe hoy otra realidad como la nuestra, en la que con limitaciones tan serias, cada uno de nosotros siente que tiene una obligación hacia la sociedad y la trata de cumplir con imaginación y con sentido del humor. 

 

¡Que si no tenemos con qué, ya buscamos cómo! 

 

El espíritu que existe aquí de superación, de defender lo poquito que tenemos en medio de condiciones tan duras, ese espíritu de lucha de la gente, esa generosidad, esa fraternidad, me dan el orgullo de ser nicaragüense".